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Desde el existencialismo, siempre se ha pensado que la única certeza que tenemos es la muerte, y que todo lo que existe, está destinado algún momento a morir. Es parte del ciclo de las cosas, nacer, creer, tocar la cima, desgastarse y eventualmente llegar a su fin. Por eso conceptos como la entropía (el desgaste natural de las cosas) puede ser aplicado para casi todo lo que nos rodea.

En ese sentido, cuando uno mira la trayectoria de la democracia en la historia de la humanidad, es difícil negar que las últimas décadas hemos vivido un apogeo notable en el mundo occidental de este mecanismo de gobierno. Parece ser aceptado que es la democracia la gran forma que tenemos para no solo determinar quienes son los representantes de la voluntad general de las sociedades, sino para zanjar nuestras diferencias políticas y sociales. Sin embargo, al mismo tiempo que la democracia alcanza su máxima validez histórica, estamos viendo las falencias y los problemas que este mecanismo tiene.

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La falta de participación, interés, e incluso la visión de algunos que la democracia no consigue nada importante son realidades con los que los Estados modernos de occidente deben convivir. Aún más, en la última década hemos visto como en distintas latitudes del mundo diversas revueltas sociales en Estado que, aún cuando, cuentan con procesos democráticos sólidos y transparentes, no parecen satisfacer ni representar a la ciudadanía de esas naciones.

Esto no deja de ser interesante, ya que en la antigüedad este tipo de expresiones de malestar de la ciudadanía solía estar asociado a enfrentamientos con poderes poco o nada democráticos, y estas revueltas sociales era la forma de hacerles saber a los gobernantes monárquicos o aristócratas, de que la ciudadanía debía ser escuchada. Sin embargo, hoy en Estados con una fuerte presencia electoral democrática (como el nuestro), vemos que ha resurgido esta forma de desobediencia civil, lo que es curioso, ya que supuestamente los procesos democráticos deberían evitar este tipo de situaciones.

Por eso es fácil volver a la frase de culto del gran Winston Churchill donde decía que la democracia es el peor sistema de gobierno, con la excepción de todos los otros. Demostrando que aún cuando la democracia deja mucho que desear, en comparación con los otros métodos conocidos sigue siendo el mejor. Lastimosamente, hoy ese argumento ya no parece ser un argumento suficiente para justificar todos los problemas que trae hoy la democracia. Difícilmente Pericles, los griegos o incluso el mismo Churchill se imaginaron las dificultades con las que tienen que lidiar la democracia en nuestros tiempos como lo son las redes sociales y las fake news por ejemplo.

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En el caso de Chile, hemos visto que para mejorar la democracia en los últimos años se ha puesto la ideas de que debemos aumentar las instancias de participación: Más primarias, elecciones de gobernadores, de Consejeros Regionales, e incluso ante el estallido social fue por las urnas que se determinó abrir un proceso Constituyente, y quienes serian parte de este proceso.

Sin embargo ¿es eso suficiente? ¿Aumentar los procesos electorales es mejorar la democracia? Al ver la discusión actual sobre volver al voto obligatorio, parece ser propicio preguntarnos si la democracia y la actividad cívica solo se mejora con más elecciones, y obligando a la gente a participar.

En otras latitudes del mundo, la respuesta a esta problemática ha sido mejorar la gobernanza, aumentando el amor de lo cívico de los ciudadanos generando instancias de participación vinculante al interior del que hacer del día a día del gobierno, y el Estado. Incluyendo a los ciudadanos en instancias reales de toma de decisiones o de evaluación de Políticas Públicas, donde por lo general las personas comunes y corrientes de una nación suelen estar excluidas. Y esto genera una participación distinta a la que nos ofrece generalmente.

La verdad es que mejorar la democracia hoy requiere harto más que la discusión del voto obligatorio. Pero más interesante aun, es que nos toca vivir el tiempo donde esta campeona indiscutida de los mecanismos de gobierno comienza a tambalear con fuerza, por lo que adaptarla a nuestros tiempos parece ser necesario para lograr que la democracia siga con nosotros en el mediano y largo plazo. Ya que aun cuando parece ser cierto que la democracia está destinada a morir para dar nacimiento a algo nuevo, el desafíos que la actualidad pone sobre nosotros es poder orientar estos cambios hacia los caminos que permitan a que la ciudadanía sea un pilar fundamental de las decisiones que se toman en los países en el futuro.

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