
La IA dejó hace mucho de ser promesa y nos invadió como realidad impactante, desde tus trámites bancarios hasta lo que vemos o escuchamos en redes y TV. El caso de la “actriz” virtual Tilly Norwood en Hollywood y la más reciente polémica con la agencia chilena DINT Doblajes Internacionales, al anunciar un proceso de doblaje automatizado por IA (que luego debieron salir a aclarar), son la prueba de que la amenaza no es futurista: es presente. Chile, aunque trabajando en esto desde 2021, se encuentra en una encrucijada regulatoria ineludible. El desafío es vital: equilibrar la innovación con la ética, garantizando que el progreso digital no desmantele los derechos fundamentales ni la soberanía individual. La regulación, como un cinturón de seguridad ético, al parecer ya no es opcional.
El arte del doblaje y la actuación son de las primeras áreas que se han visto afectadas por la IA generativa. La voz en un doblaje no es una simple secuencia de audio; es la interpretación, la chispa humana que da vida a personajes icónicos y por todos reconocibles como los de 31 Minutos. En el último Tiny Desk debieron “imitar” la voz de Juanin Juan Jarry porque sabemos, Rodrigo “Guatón” Salinas hace un tiempo no es parte del equipo. ¿Y si hubiesen clonado su voz con IA? No lo hicieron, pero se podría. Si se permite que el trabajo de actores y doblajistas se convierta en un banco de datos clonable para abaratar costos, estamos deshumanizando el arte y el trabajo.
El Proyecto de Ley de IA chileno y la nueva legislación de datos deben dialogar con urgencia para establecer límites. Se necesita reconocer la propiedad intelectual de la voz y exigir el consentimiento expreso y una compensación justa para cualquier uso que exceda el fin original de la grabación. Si Hollywood (a través de SAG-AFTRA) ya lo entendió y lo reguló tras sus huelgas, Chile y cualquier otro país no pueden quedar atrás. El derecho a la explicación y a la impugnación de una decisión algorítmica deben aplicarse de forma estricta cuando la IA toca un dato sensible como la voz o la imagen.
El riesgo más grave de la IA, sin embargo, no está solo en reemplazar a los artistas, sino en amplificar los sesgos de discriminación en la sociedad. Los algoritmos, al aprender de datos históricos que ya reflejan prejuicios de género o etnia, pueden perpetuar la injusticia en sistemas críticos como la selección de personal o la asignación de beneficios estatales.
Por ello, es imperativo establecer un marco de “alto riesgo” que obligue a la supervisión humana en todos los sistemas que puedan afectar la vida, la salud o los derechos fundamentales. Debe haber siempre un ser humano con la potestad de anular la decisión automatizada. Además, es crucial exigir auditorías de impacto algorítmico para identificar y corregir activamente los sesgos antes de que causen daños irreparables en la ciudadanía.
La buena noticia, es que el Ministerio de Ciencia anunció hace unos días los avances que ha tenido en la cámara el proyecto para regulación de uso de inteligencia artificial y se observan principalmente: No se podrá usar IA para engañar o manipular a las personas; si una IA influye en decisiones que te afectan, como evaluaciones bancarias o laborales, tendrás derecho a conocer sus criterios; podrás elegir si autorizas o no que una IA use tu información personal; se respetará tu derecho a la protección de datos personales; se prohibirán los algoritmos que discriminen a las personas; se impulsará mayor alfabetización y divulgación de la IA; y finalmente, la IA que se use en ámbitos delicados o de alto impacto deberá tener supervisión humana.
Regular la IA por su nivel de riesgo y blindar los derechos de los artistas y ciudadanos contra la clonación y el uso opaco de datos debería ser tal vez un punto a sumar.
Lo que es seguro es que, independiente de lo que se logre acordar, pronto deberá actualizarse porque las capacidades de las distintas IA’s avanzan mucho más rápido de lo que podemos legislar. Por el momento, la ley debe asegurar que la IA sea una herramienta de progreso para todas y todos, y no un vehículo para desmantelar la creatividad o la confianza y consolidar la injusticia.