Por: Lucas Serrano, Cientista Político y Director de carrera de Administración Pública USS.
Mientras que la seguridad es el gran tema emocional de esta campaña; la economía, es su espejo racional: el bolsillo, el sueldo y el precio del pan. Todos los candidatos prometen hacer crecer a Chile, pero sus recetas vienen de mundos distintos. Unos hablan de eficiencia, otros de justicia, y algunos, de milagro pero detrás de los gráficos y las cifras, la pregunta de la señora Juanita sigue siendo la misma: ¿va a alcanzar para llegar a fin de mes?, ¿va a haber pega?, ¿y quién paga la cuenta?
Evelyn Matthei y José Antonio Kast son los que más confían en el orden fiscal. Matthei propone un Estado que gaste menos y funcione mejor: recorte de programas ineficientes, digitalización, reducción del gasto público y una cruzada contra la permisología que —según su diagnóstico— asfixia la inversión. Promete rebajar gradualmente los impuestos y acelerar proyectos trabados en ventanillas que nadie coordina. Kast, en cambio, prefiere el golpe rápido: recorte de US$6.000 millones en 18 meses, rebaja tributaria agresiva y desregulación total. Ambos comparten la fe en que liberar a la economía del exceso estatal generará empleo y crecimiento. Lo bueno: sus planes son fiscalmente disciplinados y atractivos para la inversión. Lo malo: si la economía no despega, el orden puede sentirse más como ajuste que como alivio.
En el otro extremo, Jeannette Jara y Marco Enríquez-Ominami ven al Estado no como freno, sino como motor. Jara plantea invertir más en innovación, empleo formal e industrias estratégicas, con un gasto público más eficiente y progresivo. MEO propone combinar impuestos verdes y patrimoniales con rebajas a Pymes y modernizar empresas estatales. Ambos quieren un crecimiento más inclusivo y productivo, pero su problema no está en las ideas, sino en la gestión: Chile promete bien y ejecuta mal. En el papel, la inversión pública parece transformadora; en la práctica, suele hundirse en trámites, permisos y coordinación que nunca llega.
Más al centro del mapa están Franco Parisi y Harold Mayne-Nicholls, que apuestan por el alivio inmediato. Parisi quiere bajar el IVA de alimentos y medicamentos; Harold, que el Estado pague rápido a las Pymes y compita donde los precios se disparan. Son medidas simples, populares y de corto alcance, pero sin impacto estructural. Y en los extremos, Johannes Kaiser y Eduardo Artés ofrecen visiones opuestas con el mismo problema: el primero quiere achicar el Estado hasta el hueso; el segundo, hacerlo omnipresente. Ambos son más un experimento ideológico que un plan de gobierno.
En el fondo, todos enfrentan el mismo dilema: cómo crecer sin endeudarse, cómo generar empleo sin inflar el gasto y cómo hacer que el Estado funcione sin reinventarlo cada cuatro años. Matthei y Jara parecen las únicas que parten del país que existe, con propuestas realistas y gobernables. Kast y MEO apuestan por la épica —uno desde la tijera, el otro desde la innovación—; Parisi y Harold, por el sentido común; Kaiser y Artés, por la fe ideológica. Pero la señora Juanita no vota por modelos económicos, vota por certezas: que haya trabajo, que el sueldo rinda y que la feria no suba cada semana. Y tal vez, en esta campaña, lo verdaderamente revolucionario no sea prometer crecimiento, sino aprender —por fin— a gestionar lo que ya tenemos.
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