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La obra que rescata la memoria del sur de Chile: Vapor Enco llega al Teatro Biobío

Vapor Enco, una travesía infinita llega al Teatro Biobío, reviviendo la historia del mítico barco que surcó el Lago Panguipulli. El montaje, interpretado por Gabriel Cañas, niños y jóvenes de la zona, combina teatro y música para rescatar la memoria e identidad del sur de Chile.

La presentación, que se realizará este 30 de octubre, forma parte de una alianza entre el Teatro Biobío y el Teatro Educativo de las Artes de Panguipulli, iniciativa que busca fomentar la colaboración entre espacios culturales del sur del país. En conversación con SABES, Cañas reflexiona sobre el sentido del proyecto, la experiencia de trabajar con niños intérpretes locales y el valor de construir teatro desde la memoria y el territorio.

– La obra busca poner en valor la historia del Vapor Enco y la identidad de Panguipulli a través del teatro y la música. ¿Cómo ves este rescate histórico y cultural desde una propuesta escénica?

Creo que hace mucho tiempo no participaba en un proceso creativo que me hiciera tanto sentido desde su origen, estética y forma. El teatro está inmerso en el lugar, con elementos como los grupos locales y las orquestas juveniles, y eso le da mucho valor. La obra rescata historias de un territorio contadas por la misma gente que vive en él, sobre todo por los niños, que son el futuro de ese lugar.

También está la música, interpretada por músicos que son niños del mismo sitio. El programa en el que se inscribe la obra es realmente muy bonito: se les otorgan herramientas artísticas a través de la música o el teatro, y luego viven una experiencia escénica inolvidable, uniendo todos los lenguajes. Si además el relato habla sobre su propio territorio, su identidad y su historia, todo se vuelve muy coherente con la visión que tengo del arte.

La integración de todos esos mundos da un resultado conmovedor y de alto estándar profesional. Estos talleres funcionan desde marzo. La orquesta juvenil, aunque sean niños, toca realmente muy bien. Los niños que están en el taller dirigido por Jacinta Angulo, encargada de la dirección de los jóvenes, hacen un trabajo del que estoy aprendiendo.

– Los niños son parte fundamental del elenco. ¿Cómo fue la experiencia de ensayar con ellos y qué desafíos o aprendizajes surgieron en ese proceso?

Los más pequeños deben tener unos 7 u 8 años, y los mayores alrededor de 13 o 14. Tenemos ensayos desde las 10 de la mañana hasta las 7 de la tarde, y tienen un rigor que no veo en muchos compañeros profesionales. Por supuesto, hay condiciones adaptadas a niños: pausas, colaciones y tiempos adecuados.

Pero los ensayos están dirigidos igual que los de un actor profesional. No se trata solo de juegos que derivan en escenas; eso ocurre más bien durante los talleres del año. En los encuentros intensivos, en los que viajaban los profesionales, llegaba la orquesta y nos reuníamos todos, se trabajaba con el mismo rigor que en un proceso profesional, solo que con descansos adecuados.

– ¿Cómo es para ti transportar esta historia tan identitaria de Panguipulli a otras partes de Chile?

Es un ejercicio que he hecho mucho con mi compañía o en otros espectáculos, pero nunca con una obra que tenga tanto valor identitario por su forma de producción y por el territorio que representa. No sé cómo será la reacción del público, pero tengo fe en lo importante que es ver a niños contando la historia de su territorio.

Creo que eso se volverá un ejercicio clásico: aunque sea una historia sobre una localidad pequeña, la particularidad con que se cuenta hablará de todos los pueblos e infancias del mundo. Finalmente trata sobre los problemas comunes que tenemos quienes vivimos en comunidad y construimos sociedad.

– ¿Crees que la gente de Concepción podría no comprender del todo lo que esta historia significa para Panguipulli?

No, para nada. Yo vivo de las ficciones, y siempre que uno cuenta una historia, no es necesario conocer el contexto geográfico o histórico exacto. Lo importante es la empatía que se genera, las reflexiones y las emociones que provoca.

En ese sentido, Vapor Enco lo logra completamente. Nos va a conmover mucho, sobre todo porque son los niños quienes cuentan la historia. Y también nos va a hacer preguntas interesantes, porque el conflicto que muestra se repite a lo largo del país.

– Para ti, ¿qué ha sido lo más significativo y lo más desafiante del proceso creativo?

Lo que más me ha gustado es volver a aprender sobre mi oficio, observarlo a través de otros artistas y reconocerme en ellos. Ver que, aunque yo haya hecho muchas obras, compartimos los mismos nervios y desafíos.

Ha sido muy emocionante ver eso en personas que no están dentro del circuito artístico tradicional de Santiago. Me ha devuelto sentido y razón sobre por qué hago lo que hago. Estaba en un momento en que había perdido un poco el fuego interno, y esta obra me lo devolvió.

Ha sido muy lindo maravillarme otra vez con el simple ejercicio de contar una historia en un escenario.

Lo más difícil ha sido ensayar una obra que se desarrolla a 900 kilómetros de mi casa. El teatro se ensaya en vivo, requiere confianza y trabajo colectivo. La distancia implicó una exigencia muy grande para nosotros, los profesionales que veníamos de fuera, sin el mismo ritmo de trabajo que los niños y profesores locales.

– Este tipo de obras también contribuyen a la descentralización del teatro chileno. ¿Sientes que Vapor Enco se inscribe en esa misma línea?

Creo que lo de acá es muy único. Existe una tradición teatral de rescatar historias locales, pero la diferencia es que esta obra no la cuentan los profesionales. Nosotros somos el arroz que acompaña: guiamos, contenemos y aportamos con nuestras herramientas, pero son ellos (los niños) quienes la cuentan.

Eso es lo más potente: que no solo desde la dramaturgia se reflexione, sino desde quienes interpretan la historia. Ver a niños de acá decir y cantar textos sobre lo que son tiene un valor enorme.

Son niños del sur del mundo hablando de una historia muy particular, en un territorio con influencias alemanas, mapuches, campesinas. Es como un western del sur del mundo, y que lo cuenten ellos que viven acá, que también son el futuro de este espacio, no sé, me da como una esperanza.

– Si bien figuras como protagonista, insistes en que los verdaderos protagonistas son los niños. ¿Cómo se refleja eso en la obra?

De que los niños son los que llevan la batuta, totalmente, sí.

El Vapor Enco tenía un capitán y en la estructura dramática aristotélica, sí soy el protagonista. Pero el teatro es un ejercicio vivo, entonces, obviamente, en cuanto al espectáculo que montamos, al proceso de actuación que vivimos para crear la obra, al diseño de producción. Los protagonistas son los niños de Panguipulli.

Y eso uno lo huele a kilómetros del teatro. Ves como van todos caminando para allá y vienen todos los papás y están todos ensayando y van cantando en la calle. Es una obra que ha ido moviendo mucho allá en Panguipulli.

– Finalmente, ¿qué mensaje o invitación le harías al público que irá a verla?

Invitarlos a todos este 30 de octubre al Teatro Regional del Biobío, un teatro que por lo demás es hermoso, a ver la obra hermosa de Vapor Enco que habla del pasado de Chile, pero reflexiona desde los niños que son el futuro de Chile sobre quiénes somos.

Creo que sin ser grandilocuente ni ambiciosa en su discurso, es una obra que nos va a llenar de ternura, nos va a llenar de preguntas, nos va a llenar de de ganas de vivir aquí. Y creo que no hay ningún espectáculo que logre eso.

Y creo que eso lo logran ellos, los niños, porque tienen una inocencia, porque tienen un poder que nosotros ya lo perdimos porque estamos más muertos que vivo. De ellos el futuro.

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