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Chile es un conjunto de pueblos que poseen ideas y creencias diversas, basados en modelos de ver, analizar y entender la realidad desde distintos puntos de vista. Además, ha sido un país desigual desde su concepción, siendo esta situación perjudicial al desarrollo, complejizando el progreso económico, haciendo frágil la vida democrática, afectando en la convivencia comunitaria, a la cohesión social y principalmente al diálogo

En relación a este último punto, desde hace un tiempo, principalmente desde el tercer sector -La sociedad Civil- ha levantado la bandera del diálogo como medio de reconstruir las confianzas en el otro, componente que carece de realidad en el Chile de multicrisis que vivimos.

Esta enfermedad de las desconfianzas y la ausencia de diálogo tiene antecedentes desde hace siglos, siendo la realización de un ejercicio de medicina histórica un acto necesario para comprender las complejidades de la realidad.

Siguiendo el argumento de la falta de diálogo para la construcción de las confianzas podemos irnos hacia 1598 y ver al triunfo/desastre de Curalaba, triunfo de las huestes mapuche frente a las españolas que provocó la necesidad de dialogar para construir confianzas para la toma de decisión frente a un tema puntual o una necesidad de convivencia entre dos o más grupos humanos.

Así nace el valor de los parlamentos en la zona de la frontera araucana, pero en el lado colonizado por los hispanos, estaba esta plataforma llamada Cabildo, espacio social de interacción entre distintos grupos humanos que comparten un territorio común. En estas instancias se entraba con un problema y se salía con las confianzas de la mejor decisión tomada.

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Ya en el siglo XIX, se comenzaron a destruir estos espacios de interacción social, sólo quedando las relacionadas a festividades, como por ejemplo las ramadas y chinganas, funcionando éstas de manera clandestinas, ya que bajo el criterio de los conservadores de la época, liderados por Diego Portales, representaban instancias de mal vivir de una sociedad. Desde este momento se comenzó a gestar espacios privados de interacción social, llámese clubes sociales, Sociedades de socorro mutuo entre otras que representaban en sí una articulación de protección y de confianza frente a complejidades sociales.

Ya con la dictadura cívico-militar, juntar más de dos personas era sinónimo de sedición, por ende, se comenzó a romper estas sociedades en resistencia, que construyen diálogo y confianza en grupos humanos, fragmentando la sociedad a entes individuales, productivos y alienados.

¿Qué nos volvió a unir?

La cultura, educación y el medio ambiente, expresiones que desde 1991 en adelante han movilizado a colectivos a reunirse, a convocar, crear y dialogar.

Las principales movilizaciones que generaron diálogo como sociedad fue en protección del medio ambiente, mejoras en las condiciones de la educación, por tener una mejor participación política, por la protección del territorio de los pueblos originarios, en fin, múltiples temas que construyeron al diálogo nacional, que confluyeron en la calle por no tener espacios de socialización como los cabildos o los parlamentos de nuestro pasado histórico. Y en este relato podemos llegar hasta el 18 de Octubre, que es el símbolo por excelencia de los resultados de la ausencia de diálogo para solucionar conflictos, éstos últimos simbolizados en la frase “no son 30 pesos, son 30 años”.

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Podemos comprender que el diálogo siempre ha estado presente como parte central de la sociedad chilena, desde sus bases sociales, desde sus dimensiones históricas y como parte de la cultura, todos somos un componente mínimo para la construcción social en donde el diálogo no es un fin en sí mismo, sino que un medio, un arma de confianza masiva.

Esta acción no debe considerarse como una virtud de pomposos salones y de familias notables dirimiendo que es lo justo y lo correcto, para la conservación del status quo: El diálogo genuino debe incomodar, debe remover, debe generar procesos de reflexión y metacognición, cuestionarte lo que crees o debes saber sobre algo que ha sido un discurso reiterativo en el tiempo. Si no nos abrimos a este diálogo como arma de destrucción de apatías, seguiremos perpetuando un status quo donde bajo la alfombra se esconden todos los dolores por no saber escuchar a los no escuchados en nuestro relato de comunión de pueblos en una larga y angosta faja de tierra.

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