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Estamos viviendo tiempos de cambios en muchos sentidos y uno de estos, por dar un ejemplo, es el que se relaciona con los paradigmas en torno a la discapacidad. El antiguo enfoque Biomédico que se instaló culturalmente por décadas (y que en algunas personas sigue arraigado) es el que reconocía la discapacidad como una enfermedad o anormalidad, perpetuando la mirada caritativa y de lástima en torno a las personas con discapacidad. De aquí provienen los términos conocidos como el pobrecito, enfermito, con capacidades diferentes, lisiado, minusválido, invidente, sordomudo, niños especiales (cuando son jóvenes o adultos) entre otros conceptos que hemos escuchado y que perpetúan los estereotipos de desamparo, junto con mantener las barreras culturales que no nos permiten avanzar hacia una sociedad más diversa e inclusiva.

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El Servicio Nacional de la Discapacidad (Senadis) se ha ocupado de ir derribando estas barreras para la participación plena de las personas con discapacidad generando charlas y materiales para informar sobre el uso correcto del lenguaje en discapacidad, relevando el que en la actualidad nos encontramos en una transición conceptual que entiende la discapacidad como aquella que surge en interacción con el entorno y que ésta no es inherente a las personas, relevando el enfoque de derechos actual.

Es por esto que en Chile la definición de persona con discapacidad (PcD) es “aquella que teniendo una o más deficiencias físicas, mentales, sea por causa psíquica o intelectual, o sensoriales, de carácter temporal o permanente, al interactuar con diversas barreras presentes en el entorno, ve impedida o restringida su participación plena y efectiva en la sociedad, en igualdad de condiciones con las demás” (Ley 20.422).

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Con los antecedentes que expongo considero relevante resaltar la importancia sobre cómo comunicarnos y usar el lenguaje adecuadamente. La invitación entonces es a reconocernos en primer lugar como personas, reconociendo nuestra condición de sujetos de derechos civiles, políticos, económicos, sociales y culturales, eliminando la idea de normalidad que genera diferencia y exclusión.

Finalmente reiterar que el término adecuado que surge de la ley referida es persona en situación de discapacidad, anteponiendo siempre a la persona (con su nombre y apellido) antes de su situación de discapacidad ya sea física, sensorial, intelectual, etc. de manera de contribuir a una sociedad que celebre cada vez más la diversidad.

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