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En los últimos años una práctica nociva se ha ido instalando en los medios de comunicación formales e informales, en las redes sociales y en los espacios de conversación públicos: aceptar, publicar y difundir, sin más cuestionamientos, ideas y opiniones que tergiversan los hechos o, derechamente, son una mentira.


En los medios se les llama new fake o "fake news", (producto pseudo periodístico difundido a través de portales de noticias, prensa escrita, radio, televisión y redes sociales cuyo objetivo es la desinformación deliberada o el engaño) y en un ámbito más general y filosófico se acuñó el término de posverdad o mentira emotiva, un neologismo que describe la distorsión deliberada de una realidad, con el fin de crear y modelar la opinión pública e influir en las actitudes sociales, en la que los hechos objetivos tienen menos influencia que las apelaciones a las emociones y a las creencias personales.

Oxford la define como el fenómeno que se produce cuando "los hechos objetivos tienen menos influencia en definir la opinión pública que los que apelan a la emoción y a las creencias personales".

El filósofo, humanista y pensador británico A.C. Grayling, quien hizo campaña por la permanencia de Reino Unido en la Unión Europea, contraria al Brexit, también se ha referido a este fenómeno y ha advertido del peligro de un mundo dominado por la posverdad., por la "corrupción de la integridad intelectual" y el daño al "tejido completo de la democracia" que esto supone.

¿Por qué es peligroso no frenar las posverdades?


Porque todo en ellas se basa en la premisa de que “Mi opinión vale más que los hechos”. “Vale más cómo yo me siento” respecto de algo, que los hechos, reales, objetivos, históricos. Es decir, una postura, absolutamente narcisista, que ha empoderado a las personas, por el sólo hecho de poder publicar su opinión desde su teléfono celular y dónde no se debate, no se argumenta, sino que se descalifica. Y si alguien no está de acuerdo con mis ideas, no argumenta, me ataca a mí, a la persona, no a las ideas.

Ética Social dismuida


Hace unos cuantos años, estas conductas eran consideradas ilegítimas y éticamente reprochables. Ambas eran utilizadas con fines políticos, económicos y electorales, en la mayoría de los casos, pero no eran aceptadas o aprobadas socialmente. Pero hoy, gracias a la conocida comodidad de la ciudadanía que, salvo excepciones, no chequea las fuentes de información y no cuestiona lo que difunden los medios masivos, estas conductas se están generalizando y normalizando.

Cada vez, son menos quienes se dan el trabajo de argumentar, de exponer mentiras o inexactitudes. Pero hay que hacerlo, hay asumir es tarea, pues si no paramos las fake news, si aceptamos, como parte de una mal entendida tolerancia y libertad de expresión, cualquier infundio, si normalizamos las mentiras, sin desenmascararlas, se vienen años complejos para la democracia.

Años desquiciados, si permitimos que mentiras, sostenidas con desverguenza y contumacia por seudo líderes políticos o religiosos, avaladas por medios de comunicación cómplices y complacientes, borren las diferencias entre los hechos, las mentiras y fantasías difundidas para sembrar miedo y rechazo a quienes piensen distinto.

Un claro ejemplo son las cadenas que se propagan contra la denominada “Ideología de Género”, plagadas de estereotipos y mentiras que, poco a poco, penetran en el inconsciente de la gente. Algo similar ocurre con temas tan sensibles como el matrimonio igualitario, una ley de aborto, la donación de órganos, la inmigración, donde los mitos y prejuicios que pupulan en las redes sociales y medios de información superan con creces a la información objetiva con que evaluar y decidir al respecto.

Ser borregos, parece ser la vía más segura, para muchos, en este escenario. Para no perder tiempo, para no poner en riesgo el estatus adquirido, al desviarse de lo “políticamente correcto”. Para no pelear con el compañero de oficina, para no ser el “amargado” del barrio. Pero es el camino más letal.

Reemplazar el conocimiento y la verdad, los hechos y la historia, por el “sentido común”, la opinión personal, la ideología o creencia religiosa, muchas veces teñidas de ignorancia y rabia, sólo nos hará más manipulables y menos libres.

Francis Parra Morales / Periodista

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