El Biobío no se transformará en una capital logística para Sudamérica solo por tener más puertos, más rutas o más proyectos en carpeta. Lo será si somos capaces de mirar nuestra zona con un destino común, ordenar su crecimiento con inteligencia y conectar nuestras ciudades, provincias y vocaciones productivas bajo una visión de desarrollo futuro compartido que nos permita disciplinar el presente en razón del porvenir.
Planificar lo que queremos hacer con el territorio es, en el fondo, decidir qué región queremos ser. No se trata sólo de dibujar usos de suelo en un plano ni de discutir normas urbanas entre especialistas. Se trata de definir dónde vivirán las familias, dónde se instalarán las industrias, qué suelos se reservarán para la logística, cómo crecerán nuestras ciudades y de qué manera se conectarán las provincias de Arauco, Concepción y Biobío. Cuando esa conversación se posterga, la región paga costos altos como congestión vehicular, conflictos entre vivienda e industria, pérdida de suelo valioso, inversión incierta y comunidades que sienten que el desarrollo ocurre lejos de sus vidas.
La Estrategia Biobío 2050, que se elabora al alero de la Corporación Desarrolla Biobío, debe partir de la convicción de que el ordenamiento territorial es una herramienta de desarrollo económico y, fundamentalmente, de justicia social. Una región bien planificada reduce incertidumbre, atrae inversión, mejora la calidad de vida y permite que el progreso no se concentre sólo en algunos puntos, sino que se distribuya con equilibrio y mayor equidad. De ahí que la tarea de la recién creada Comisión de Ciudad e Infraestructura deberá contemplar la lista de obras que nuestra zona requiere y, principalmente, convertirse en una plataforma capaz de generar articulación territorial, productiva y de inversión estratégica, integrando ordenamiento territorial, sistema de ciudades, infraestructura habilitante, innovación, sostenibilidad y gobernanza.
La infraestructura como motor del desarrollo
La infraestructura es el sistema circulatorio del futuro que debemos construir. Los puertos, autopistas, líneas férreas, aeropuertos, fuentes de energía, acceso al agua, telecomunicaciones y transporte público son piezas que, articuladas, generan condiciones para producir, exportar, estudiar, emprender, atender una emergencia o llegar a tiempo al trabajo. La CEPAL ha señalado que la provisión insuficiente, ineficiente o insostenible de infraestructura es uno de los factores que explican los desequilibrios estructurales de América Latina. El Banco Mundial, por su parte, recuerda que el transporte conecta a las personas con empleo, salud, educación y mercados, y que una movilidad eficiente es clave para el crecimiento inclusivo.
Hay experiencias internacionales que pueden inspirarnos. Rotterdam no llegó a ser un referente logístico europeo sólo por tener un gran puerto, sino que lo hizo integrando infraestructura, industria, energía, innovación y conexiones con los mercados del continente. Su área portuaria combina logística, transición energética, redes industriales, conocimiento y digitalización. Singapur, con escasez extrema de suelo, entendió tempranamente que transporte y uso de suelo debían planificarse juntos, de tal forma que vivienda, empleo, comercio y transporte público se pensaron como parte de un mismo sistema urbano. Bilbao, en tanto, demuestra que incluso territorios golpeados por la crisis industrial pueden reinventarse si existe una visión persistente, gobernanza y proyectos urbanos capaces de recuperar espacios degradados y devolver el orgullo a sus habitantes.
El Biobío tiene todos los ingredientes para construir la región que todos soñamos. Posee puertos, universidades, industria, capital humano, energía, vocación forestal y agroalimentaria, ciudades intermedias, borde costero, ríos, patrimonio y una historia productiva profunda. Pero esos atributos son insuficientes si cada uno avanza por separado. No podemos planificar vivienda sin transporte; industria sin energía y agua; logística sin accesos ferroviarios y portuarios; crecimiento urbano sin resiliencia climática; ni desarrollo regional sin integrar de verdad a Arauco, al Gran Concepción y a la provincia de Biobío.
Una decisión que no puede esperar
La pregunta no es si el Biobío tiene futuro. Lo tiene. La pregunta es si seremos capaces de ordenarlo a tiempo. Biobío 2050 debe convertirse en una hoja de ruta concreta, con proyectos priorizados, responsables, plazos, financiamiento e indicadores. Porque el desarrollo no se improvisa cuando llega la oportunidad; se prepara antes. Y si queremos que las próximas generaciones vivan en una región más conectada, productiva, sostenible y orgullosa de sí misma, debemos comenzar ahora. La región que no planificamos hoy será la limitación que lamentaremos mañana.
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