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En estos momentos de mi vida me declaro agnóstica. Pero alguna vez fui cristiana, participé en comunidades de la Iglesia Católica. Alguna vez sentí a la Iglesia chilena muy cercana a los más débiles y a las personas que sufrían. Especialmente en la época de la Vicaría de la Solidaridad y de las Pastorales Obreras.

Y por eso me duele tanto lo ocurrido con el ex Vicario de la Solidaridad, sacerdote Cristian Precht. Por eso hay miles de chilenas y chilenos sumidos en un profundo duelo al conocer los pormenores de su caso. Porque hay una historia, una trayectoria que pesa. Hay acciones de Precht y la Vicaría que significaron resguardar la libertad y salvar vidas de muchos compatriotas. Pero, aunque duela, no puede haber relatividad moral, cuando se trata de la defensa de los Derechos Humanos, especialmente si están involucrados niños.

Por eso, aunque tengamos la certeza de que la denuncia y difusión de los abusos hubiera sido utilizada políticamente por el régimen de Augusto Pinochet para desprestigiar y, seguramente, cerrar la Vicaría de la Solidaridad, nada justifica el silencio o encubrimiento.

Así como recriminamos a los cómplices pasivos de la dictadura, que ayudaron a perpetuar el régimen, en el caso de los niños abusados por sacerdotes en general y por religiosos de la congregación Marista en este caso, también hubo cómplices pasivos que guardaron silencio y perpetuaron el sufrimiento de los niños y jóvenes que vieron violentada su infancia y fracturada su vida.

Y frente a ello no se puede callar, ni tener una vara distinta. Ni toda la necesaria y reconocida obra en materia de Derechos Humanos de Cristian Precht, que salvó vidas de decenas de chilenos, puede ser excusa para no hacer justicia a las víctimas.

Y así como exigimos justicia para los violadores de Derechos Humanos y un castigo ejemplar, debemos exigir lo mismo en este caso. Aunque el denunciado fuera un defensor de la justicia y libertad, pues de acuerdo al testimonio de las víctimas, también fue un depredador sexual.
No puede existir relativismo moral o contextos que minimicen los hechos o avalen lo inexcusable. No puede haber víctimas de primera o segunda categoría. Unas más visibles o reconocidas que otras. Si bien las víctimas de la dictadura sufrieron violencia orquestada y sistematizada por parte del Estado, no es menor el calvario de los niños maltratados y abusados sexualmente.

En Chile, excepto grupos negacionistas y neonazis que han surgido en el último tiempo, existe una condena generalizada a la violación de los derechos humanos ocurrida en el país a partir del 11 de septiembre de 1973, no obstante, ha existido silencio, encubrimiento e invisibilización de los abusos y violación de los derechos humanos de otros grupos: mapuches, extranjeros, personas que pertenecen a la diversidad sexual, personas pobres o de sectores rurales y niños abusados en instituciones estatales, como los hogares del Sename, o al alero de órdenes religiosas, donde debieron ser acogidos y resguardados.

Si bien Cristian Precht ya ha sido sancionado por el Papa Francisco y también ha cumplido una condena canónica, sus víctimas necesitan reparación y justicia terrenal, ni más menos. Porque la cultura de los Derechos Humanos en un país se construye día a día, sin odio ni revanchismos, sin linchamientos mediáticos y con un debido proceso. Pero con memoria, con verdad. Por dolorosa que esta verdad sea.

Francis Parra Morales / Periodista