El siguiente es un relato de la periodista Belén Muñoz y que publicó en su blog www.muypolilla.com. Un tema muy importante y que debemos entender como sociedad, Sabes.cl se contactó con ella para hacer público este mensaje y contribuir en el aprendizaje y en lograr un mundo mejor en todos los aspectos y para todos. Acá el relato:

Este 7 de agosto se aprobó en la Comisión de Salud de la Cámara de Diputados por 8 votos a favor, 4 en contra y una abstención, la idea de legislar sobre eutanasia. A raíz de esto siento que debo contar mi experiencia… la de mi hermano.

El 2 de junio de 2016 dejé a mi hermano en el hospital para lo que era un simple control (eso al menos creía él y yo). Minutos más tarde mi mamá me llama para avisar que Álvaro se quedaría hospitalizado y que no quería hablar conmigo porque estaba muy afectado. Era una hospitalización más entre las cientos que ya habían sucedido -gracias a su enfermedad, la Fibrosis Quística– a lo largo de sus 21 años pero como para nosotros no pasaba de un simple resfrío esto dolió (en realidad como cada ida al hospital, dolió).
Transcurrían los días y mi flaco esperanzado se iba sintiendo cada vez peor, tanto así que el 8 de junio debió ser traslado a la sala de cuidados especiales. Tenía vómitos, nauseas, intensos dolores de cabeza, costaba más y más respirar… Mi mamá con lágrimas me relataba esto y no aguanté más, me fui al hospital para verlo (yo no había podido ir porque estaba resfriada y tenía prohibido acercarme). Justo al llegar se estaba produciendo el cambio de sala y ahí se generó una de las imágenes más terribles de mi hermano… gritaba pidiendo ayuda. Sentí el ahogo en su grito, sentí el aire que le raspaba y desgarraba por dentro, no paraba de pedir ayuda mientras se moría. No podía respirar. Lo conectaron a una máquina y eso solo lo hizo sentir peor, estaba desesperado, se movía, gritaba, lloraba, y yo veía en sus ojos un sufrimiento que no puedo olvidar. Lo peor, nadie lo podía ayudar.

En ese momento viéndolo desde la puerta, caí en el suelo. Llorando desesperada pensé en lo que habíamos hablado hace algunas semanas. Eutanasia. Ahí grité, ahí dije: Diosito llévatelo, por favor que esto termine.
Esa noche los doctores nos dijeron que ya no había nada que hacer. La enfermedad de mi hermano le comió los pulmones y todo el cuerpo durante toda su vida, y en los últimos años respiraba con la ayuda de un oxígeno, pero el trabajo pulmonar (el filtro de aire) lo generaba un pedacito de pulmón que quedaba. Esa noche el doctor nos dijo: ese pedazo de pulmón que nos ayudaba a que funcionara el tratamiento, ya no ayuda. Dejó de funcionar, ya no tenemos nada que hacer. Solo hay que esperar. Álvaro se puede ir esta noche, llamen a su papá.

La frase “ya no ayuda” retumbaba en mi cabeza, miraba hacía donde estaba en la cama y veía su dolor. Mi hermano se estaba envenenando con el oxígeno que ingresaba, ese pedazo de pulmón no filtraba. ¿Qué más quisiera yo que quitarle el sufrimiento? Lo único que quería en la vida era ver vivo a mi hermano, verlo feliz, lejos del dolor que lo acompañaba desde su nacimiento. Esa noche con tanto dolor en mi corazón sentía entre comillas un alivio, por fin iba a descansar. Pero… no, venían otros 20 días.
Durante esos 20 días se dio algo como “un veranito de San Juan” y mi hermano estuvo “normal”. El día posterior al 8 de junio nos preguntó directamente qué estaba sucediendo y qué decían los médicos. Le contamos todo. Con pena en sus ojos quiso hablar con los doctores y les pidió que no se siguieran administrando los medicamentos intravenosos ya que no tenía sentido seguir instalando mangueras y cosas si ya no había nada que hacer. Los médicos lo entendieron pero le pidieron confirmar que no quería seguir con los tratamientos (que atacaban las infecciones pulmonares) y que no se pondría la segunda máquina de respiración (limpiaba el aire). Mi hermano lo confirmó.

En Chile no se puede optar a la eutanasia, mi hermano no la tuvo como opción pese a que más de una vez lo hablamos. Durante los 20 días mi hermano solo pudo decir que no quería el tratamiento, pero tuvo que esperar con infinitos dolores el momento en el que pudiera partir. Era tanto el dolor que tenía suministrada morfina a libre demanda. Imaginen. Solo imaginen. Un joven de 21 año con morfina a libre demanda pero aún así sintiendo dolor. No tuvo opción a eutanasia. ¿Quién tiene poder para decidir sobre su vida? ¿Quién tiene el poder para decirle “debes seguir viviendo” cuando su vida consiste en infinito dolor, noches en el baño botando sangre? ¿Quién tiene derecho a decirle a un enfermo que no puede decidir sobre su vida y está condenado a vivir así?
Con mi hermano hablamos de eutanasia muchas veces. En ocasiones me decía que no sabía si él sería capaz de tomar esa decisión, pero otras me comentaba que le gustaría tener la opción. Otras tantas simplemente me dijo… ya no puedo seguir, quiero que esto termine mi flaca. Ambos de familia católica, ambos creyentes y viviendo su enfermedad también con fe, pero eso no nos nubló. Los milagros existen, pero hay momentos donde no se puede hacer más y el mejor milagro es decir adiós.

Quienes me conocen saben de mi amor a mi hermano. Fuimos y somos unos mellizos pese a no haber nacido juntos. Nuestras almas siempre fueron una. Tenemos una conexión de hermanos que para muchos es una rareza. Él falleció el 23 de junio en mis brazos… después de 20 horas intensas agonizando. No les miento, después de 20 días esperando morir, tuvo otras 20 horas agonizando. Las imágenes de ese día son terribles. Me dolía el alma, me desesperaba. Imaginen a quienes aman en una cama viéndolos sufrir y no poder hacer nada.  Hubo un momento en que era tanto el dolor y el impacto de verlo impulsarse en la cama por la fuerza de la máquina de oxígeno en su cuerpo ya moribundo, que me subí a su cama y le dije: ándate, ya descansa por favor.

Hasta el día de hoy pienso en qué hubiese pasado si la eutanasia fuera legal. Mi hermano la quería, no sabía si la usaría pero sentía que era un derecho mínimo, una especie de justicia para miles de personas que viven a diario sumergidas en el dolor de terribles enfermedades. El Álvaro de hecho antes de morir me dijo que debía ver la película “Yo antes de ti”, pero que la viera solo una ves que muriera porque así entendería muchas cosas… eutanasia.

Nadie quiere que su hermano o quienes aman mueran. Yo jamás hubiese querido matar a mi hermano pero quién soy yo para decirle que tiene que seguir viviendo si o si. Eso es egoísmo, pues solo quién padece la enfermedad conoce realmente los efectos de la misma. Era él quién para ir al cine con su polola debía trasladarse con su máquina de oxígeno. Fue él quien no pudo cumplir su sueño de ser abogado.

Como mi hermano son miles las personas que esperan en hospitales o en sus casas un milagro. Muchos se duermen esperando, muchos mueren esperando dignidad. Legalizar la eutanasia no significa que vamos a empezar a decidir sobre la vida del otro, solo estaremos otorgando un derecho básico de decidir por la propia vida. La ley otorgará dignidad. La dignidad mínima que todos esperamos que es morir de la manera menos terrible. La ley tampoco violenta las creencias religiosas, porque no se impone, solo se otorgan las garantías necesarias para realizar eutanasia.

Son muchos quienes pedimos eutanasia… yo hoy no la necesito, sí hubiese querido que existiera como opción para mi hermano. Hay niños, jóvenes, adultos y ancianos en nuestro país que la están pidiendo, y no sé ustedes, pero yo no soy nadie para decirles que deben seguir ahí gritando de dolor mientras yo sigo haciendo mi vida.

¡Eutanasia ya! ¡Un derecho humano que no tuvo mi hermano! La eutanasia no es matar, es dar dignidad, es ser humanos.

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