Fotografía: Jasna Núñez

El lenguaje construye realidades, sin dudas. Pero nunca como hoy en Chile queda claro que no sólo construye realidades, aparentes y sin sustento muchas veces, sino que también puede potenciar a mentes desquiciadas.

Escribo esto a raíz del lenguaje violento, excluyente y estigmatizador que grupos ultraconservadores y neonazis están utilizando contra feministas y contra hombres y mujeres que están a favor de un aborto libre en nuestro país, entre otros temas de debate.

Se puede estar a favor o en contra de una materia tan sensible. Se puede opinar desde las creencias religiosas, la academia, la ideología o la experiencia personal. Todo es legítimo.

Pero no se puede disfrazar de opinión o mostrar como “verdad revelada” lo que son mentiras y falacias. Y menos aún, excusar en la “libre expresión” la directa incitación al odio y a la violencia.

¿Cuántos ataques más serán necesarias para entender que la libertad de expresión, la pluralidad y tolerancia, no puede ser permisiva con el lenguaje misógeno y con la incitación al odio de quienes estigmatizan a miles de mujeres que luchan por lo que consideran un derecho?.

Feminazis, Carniceras, Femibestias, Hembristas, Aborteras, Femilocas, Asesinas. Esos son los dardos con que atacan día a día, en los medios de comunicación, en redes sociales y en contramanifestaciones organizadas sólo para impedir la expresión de una postura que no comparten. Son las nuevas armas para deslegitimar a hombres y mujeres que se han atrevido a salirse del discurso y paradigma señalado.

Y al no asumir lo que estos términos implican y reproducirlos, incluso, lo que se hace es validar el lenguaje de odio que quiere difundir este seudonazismo criollo, que propugna “defender la vida”, pero que tiene entre sus filas a partidarios de la pena de muerte y que no trepidan en señalar “Esterilización gratuita para hembristas”, “Contras las asesinas radicales, patriotas radicales, “Se les acabó la fiesta a las hembristas asesinas”, entre otras consignas.

¿No es acaso esto una amenaza explícita?

Quienes encabezan estos ataques son, en general, grupos ultraconservadores, que se autodefinen como nacionalistas y defensores de los valores tradicionales y a quienes ya se les ha permitido demasiado. Se les permitió atacar, con lienzos, improperios y descalificaciones, a personas que militan en las filas del feminismo y/o abogan por el fin del acoso sexual y una ley de aborto más amplia.

También se les permitió organizar una contramanifestación, violenta, con barricadas incluidas, para impedir la expresión ciudadana, en un hecho que fue la antesala del ataque que sufrieron 3 mujeres que participaron en la marcha por el aborto libre.

¿Qué más pruebas necesitamos de su peligrosidad?.

En Europa, grupos como estos estarían proscritos por incitación al odio y a la violencia y sus dirigentes no serían entrevistados en horario prime. De hecho, la legislación europea contra la incitación al odio está legitimada por el Pacto Internacional de Derechos Civiles y Políticos de Naciones Unidas, adoptado en 1966. Y en 2007, la Unión Europea adoptó un acuerdo marco que obliga a los Estados miembros a promulgar leyes que declarasen delito la negación del Holocausto, así como otras variantes del discurso del odio que denigren a personas o grupos o se mofen de ellos.

Pero parece que, salvo contadas excepciones, en Chile, los medios, las autoridades, los líderes de opinión, no quieren recordar lo que la descalificación permanente de un grupo de personas, por su forma de pensar o filiación ideológica, puede provocar.

Parece que se olvidaron del macabro Almirante José Toribio Merino, quien denostaba a los opositores a la dictadura, calificándolos como “Humanoides”. Y ya vimos los resultados que dicha deshumanización conlleva.

Porque cuando a una persona se le despoja de la esencia humana, porque disiente o no piensa como la mayoría, se le despoja también de todo derecho. Y entonces es lícito, para muchos desquiciados, perseguir, discriminar, torturar y hasta matar a ese “otro”, que no existe como tal, porque le hemos despojado de su condición de ser humano.

Esto es relevante, porque a estos movimientos fanáticos que pululan en Chile, los “otros”, los diferentes- inmigrantes, homosexuales, indígenas, feministas, etc- los descolocan, les hacen una grieta en su mundo imaginario y frente a ello, agreden, con cobardía e impunidad, pues saben que el poder (autoridades, policías, etc) están mirando para otro lado, más preocupados del rating o de la última encuesta que no cree nadie.

Entonces, si el resto no quiere hacer algo al respecto, empecemos nosotros, por el lenguaje. Frenemos la escalada de estereotipos y descalificaciones verbales. Frenemos su cultura del odio.

No vaya a ser que la próxima “feminazi” que sea apuñalada sea su hija, amiga, madre, compañera o colega. Porque podemos vislumbrar cuando la violencia sin sentido empieza, pero nunca dónde irá a llegar y a quiénes alcanzarán sus esquirlas.

Francis Parra Morales / Periodista