Estimados y estimadas:

La presente es para dar a conocer el horrible acontecimiento que como familia hemos estado viviendo, contarle el gran dolor que desde hace muchos años estamos padeciendo. Jamás pensamos que como personas, como católicos y como padres llegaríamos a vivir. Siempre confiamos en la Iglesia, siempre nos sentimos orgullosos de pertenecer a ella.

Desde pequeño me crie, tal como mi señora esposa, en una familia con gran tradición católica; y que tempranamente mi madre me llevó a participar activamente en ella.
Desde niño conocí muy de cerca la Iglesia de Concepción. Cómo no recordar mi infancia, adolescencia y juventud. Fue aquella iglesia que irradiaba el evangelio de Cristo, que proclamaba las bienaventuranzas y al mismo tiempo atraía a tantos jóvenes y familias para unirse bajo la única verdad: la buena nueva; y que nos enseñó, además, a anunciar y denunciar.

El año de la visita del Santo Padre a Chile, Juan Pablo II, llegó a este mundo mi hijo, nuestro único hijo. Lo llevamos a la iglesia desde muy niño, haciéndolo participar activamente en ella, llegando ser acólito y lo que le motivó para que entrara al Seminario Menor de Concepción, dependiente del Arzobispado de Concepción, Chile. Como padres nunca estuvimos de acuerdo con esa idea, porque la niñez no es una edad adecuada para discernir una vocación religiosa. Mi hijo insistió en irse al seminario. Pese a todo, no nos quedó otra opción que apoyarlo.

En el mes de febrero de 2002 tuvimos una entrevista con el Rector del Seminario Menor, cura Hernán Enríquez Rozas, en el mismo lugar donde funcionaba este seminario, calles Rodríguez con Tucapel donde está la Parroquia Sagrada Familia de Concepción. No fue una entrevista grata porque este cura mantuvo una cierta distancia con nosotros, bueno se trataba de mostrarse superior y sin siquiera conocernos a nosotros, seguramente porque trabajaba en la Universidad Católica de la Santísima Concepción, en el Instituto de Humanidades y venía llegando de España con un postgrado. Dijo: –– Su hijo como nuevo va a quedar ubicado al lado de mi dormitorio para mayor seguridad, con un tono de escasa amabilidad. Era una persona con poco carisma y lejano a la gente.

Los primeros días de marzo, en la cuaresma del año 2002, fuimos a dejar a nuestro hijo ––de tan sólo catorce años–– al Seminario Menor de Concepción. El domingo cuando preparamos las maletas fue un día muy triste para mi esposa y yo. Mi hijo se iba con gran ilusión. Lo recibieron el Arzobispo Antonio Moreno, el Obispo Auxiliar Tomilslav Koljatic y el Rector Hernán Enríquez Rozas. Mi hijo se fue ilusionado. Nosotros nos fuimos muy tristes.

Al domingo siguiente, en la mañana, nuestro hijo llamó repentinamente por teléfono a casa:–– ¡Venga mamá, venga a buscarme! –– Fueron pocas, pero decidoras palabras. Yo no me encontraba en casa. Mi esposa viajó de inmediato a buscarlo, haciéndose acompañar de mi hermana y mi sobrino.

Llegaron a la misa de la Parroquia Sagrada Familia donde se presentaba a los seminaristas. Luego fueron a la Catedral a un oficio religioso. Durante el almuerzo, en el centro de Concepción, delante de su tía y su primo, dijo a mi esposa que se iría a casa, que no quería quedarse en el seminario. Seguidamente se dirigieron al Seminario Menor a dar cuenta al rector de la decisión de nuestro hijo. Al no estar el rector, hubo que esperarlo. Cuando llegó, conversaron con él, mi señora le explicó que nuestro hijo se iría. Al rector no le agradó tal decisión y preguntó a mi hijo ¿Por qué se quería ir?
–– Esto no es para mí, no es lo que yo pensaba –– respondió un tanto nervioso mi hijo. El rector no quedó muy conforme, mi esposa lo notó un tanto preocupado, tenso y molesto. Mi esposa le señaló que se lo llevaría inmediatamente.

Desde aquel momento todo fue distinto… mi hijo cambió, no era el mismo. Se encerró en sí mismo. Se alejó de la iglesia. Se encerraba en su cuarto, y cada noche cerraba con seguro la puerta de su habitación. Guardó silencio… En ese momento nunca quiso revelarnos la verdad, salvo que más adelante al notarlo un tanto molesto le preguntábamos qué le ocurría, él nos decía:
–– ¡Ustedes no saben lo que me ha sucedido! Pero a pesar de insistirle, nunca quiso decirnos lo que en verdad le había ocurrido. Yo, y especialmente mi esposa, como madre, siempre habíamos tenido una corazonada de algo terrible; pero ni siquiera queríamos pensar en semejante situación, ni juzgar mal.

Después de siete años, luego de una conversación con nuestro hijo y donde nos criticaba por nuestra natural sobreprotección, sabiendo muy bien que él ahora ya era grande… Nos dijo: ––¿Por qué no estuvieron conmigo cuando era más chico y los necesitaba? Fue en ese momento cuando supimos la verdad. Fue en ese instante en que cambió el mundo para nosotros y mi familia.

El domingo primero de marzo, en la cuaresma de 2009, fue el momento cuando nuestras almas se destrozaron, y comenzó nuestro calvario. He aquí la verdad:
Nuestro hijo llorando nos contó:
–– ¡Me violaron en el seminario!
–– El padre Hernán me violó!
Sí, en efecto, nuestro hijo reveló su secreto que lo ha hecho sufrir desde ese momento:
El Rector del Seminario Menor de Concepción, sacerdote Hernán Enríquez Rozas, abusó y violó sexualmente a nuestro pequeño hijo y seminarista.

Cuando supimos la verdad nos quisimos morir. Nos pusimos a llorar. Mi esposa desmayó. Mi hijo ha sentido asco, miedo y vergüenza, no pudiendo olvidar esta horrenda experiencia; además de qué manera lo habrá atemorizado este cura inmoral para que guardara por tanto tiempo silencio. Todo lo que nos ha pasado ha hecho debilitar nuestra fe, perder la confianza en la Iglesia y plantearnos tantos, pero tantos cuestionamientos… Sentirnos traicionados en lo más íntimo de nuestro ser. En marzo de 2009 fuimos a la Fiscalía de Concepción; pero no nos atendieron, nos dijeron que a ellos no les correspondía por la fecha –en todo caso fue una mala respuesta-. Enseguida nos fuimos a Policía de Investigaciones a poner la denuncia, la que luego pasó al Juzgado de turno de Concepción, por el período de transición que estaba viviendo la Reforma Procesal Penal ––Como que todo estaba en nuestra contra––.

En abril de 2009 dimos presentamos denuncia en el arzobispado, entrevistándonos con el Arzobispo Ricardo Ezzati, quien dijo se haría una investigación sobre los hechos denunciados sobre este sacerdote. A mí me pareció extraño que el arzobispo no quisiera que compartiéramos esta denuncia con el obispo auxiliar Pedro Ossandón o que estuviera también presente en esta entrevista porque nos parecía de la mayor gravedad. Mi hijo quedó por largo tiempo con disfunciones de carácter psicológicas producto de este repugnante acontecimiento.

Todo ese período lo pasamos muy mal como familia junto a mi esposa, además de cansado y estresados de tantas diligencias, que no era otra cosa de volver a revivir este desagraciado episodio. El año 2011 me encontraba gravemente enfermo; pero a través de un correo le advertí de esta situación al nuevo Arzobispo Fernando Chomalí que recién asumía la Arquidiócesis de Concepción.

Lo peor de todo es que el año 2012 el arzobispo Ricardo Ezzati, Presidente de la Conferencia Episcopal, participa de las palabras introductorias del libro“Persona Educación y Democracia” del sacerdote Hernán Enríquez, apareciendoademás, en el lanzamiento del libro el autor con el Arzobispo Chomalí. La verdad es que con esto me sentí traicionado… muy traicionado; pero si mi hijo estaba al alero de la Iglesia Católica, de la Iglesia Católica de Concepción, en el Seminario Menor…. ¿Por qué no se pusieron del lado de mi hijo? ¡Cómo es posible tanta maldad!.

Ahora, con la nueva mirada y la mayor preocupación de parte de la Iglesia, y con la mayor atención y sensibilidad de sus autoridades ante abusos sexuales hacia menores de parte de sacerdotes pedófilos y después de las tantas denuncias en Chile y el mundo de este tipo de actos quiero informarle de nuestro caso y solicitar justicia a la Iglesia. Venimos a pedir que se castigue a este inmoral sacerdote, con la remoción de su investidura por haber cometido este criminal delito contra nuestro pequeño hijo, dañándolo a él y a nosotros para siempre, destrozándonos por completo, haciéndonos el peor de los daños que se le puede hacer a un padre y a una madre, dolor que perdurará para siempre.

Estoy hablando con la verdad, mi hijo y nosotros no mentimos. Cómo quisiera yo que esto fuera mentira, sería el primer interesado en que esto fuera falso, pero lamentablemente no lo es. Somos una familia honesta y honorable de la cual cualquier persona que nos conozca puede dar fe.

Cabe hacer notar que este sacerdote se ha delatado solo de su culpabilidad porque un cristiano con valores y fe, y más aún un sacerdote de la Iglesia Católica, que predica y hace carne el evangelio de Cristo habría dado la cara, acercándose a sus ofensores sin miedo y con toda la confianza en sí mismo para defenderse de alguna mentira o calumnia.

Un agresor y abusador como Hernán Enríquez Rozas, quien además es docente de la UCSC, no puede andar consagrando en los altares y haciendo quizás que otros daños a menores y a la Iglesia. Por tanto, debe ser destituido de su investidura de sacerdote. ¡Dañó a mi hijo para siempre! ¡Debilitó su fe! ¡Nos ha quitado lo más valioso de nuestras vidas! …

Solicitando justicia y se descubra a este sacerdote, difundiendo todo lo que se esconde en esta cuestionada y dudosa institución y a sus canónicos.

La Iglesia Católica respondió a la denuncia presentada, revisa acá sus declaraciones